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Lix¡Cuántas veces al pie de las musgosasparedes que la guardanoí la esquila que al mediar la nochea los maitines llama!¡Cuántas veces trazó mi siluetala luna plateada,junto a la del ciprés, que de su huertose asoma por las tapias!Cuando en sombras la iglesia se envolvíade su ojiva calada,¡cuántas veces temblar sobre los vidriosvi el fulgor de la lámpara!Aunque el viento en los ángulos oscurosde la torre silbara,del coro entre las voces percibíasu voz vibrante y clara.En las noches de invierno, si un medrosopor la desierta plazase atrevía a cruzar, al divisarme,el paso aceleraba.Y no faltó una vieja que en el tornodijese a la mañanaque de algún sacristán muerto en pecadoacaso era yo el alma.A oscuras conocía los rinconesdel atrio y la portada;de mis pies las ortigas que allí crecenlas huellas tal vez guardan.Los búhos, que espantados me seguíancon sus ojos de llamas,llegaron a mirarme con el tiempocomo a un buen camarada.A mi lado sin miedo los reptilesse movían a rastras;¡hasta los mudos santos de granitocreo que me saludaban!

Lix¡Cuántas veces al pie de las musgosasparedes que la guardanoí la esquila que al mediar la nochea los maitines llama!¡Cuántas veces trazó mi siluetala luna plateada,junto a la del ciprés, que de su huertose asoma por las tapias!Cuando en sombras la iglesia se envolvíade su ojiva calada,¡cuántas veces temblar sobre los vidriosvi el fulgor de la lámpara!Aunque el viento en los ángulos oscurosde la torre silbara,del coro entre las voces percibíasu voz vibrante y clara.En las noches de invierno, si un medrosopor la desierta plazase atrevía a cruzar, al divisarme,el paso aceleraba.Y no faltó una vieja que en el tornodijese a la mañanaque de algún sacristán muerto en pecadoacaso era yo el alma.A oscuras conocía los rinconesdel atrio y la portada;de mis pies las ortigas que allí crecenlas huellas tal vez guardan.Los búhos, que espantados me seguíancon sus ojos de llamas,llegaron a mirarme con el tiempocomo a un buen camarada.A mi lado sin miedo los reptilesse movían a rastras;¡hasta los mudos santos de granitocreo que me saludaban!
― Autor: Gustavo Adolfo Becquer

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