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LiiiSobre la falda teníael libro abierto,en mi mejilla tocabansus rizos negros:no veíamos las letrasninguno, creo,mas guardábamos amboshondo silencio.¿Cuánto duró? Ni aun entoncespude saberlo.Sólo sé que no se oíamás que el aliento,que apresurado escapabadel labio seco.Sólo sé que nos volvimoslos dos a un tiempoy nuestros ojos se hallarony sonó un beso.Creación de Dante era el libro,era su Infierno.Cuando a él bajamos los ojosyo dije trémulo:¿Comprendes ya que un poemacabe en un verso?Y ella respondió encendida:¡Ya lo comprendo!

LiiiSobre la falda teníael libro abierto,en mi mejilla tocabansus rizos negros:no veíamos las letrasninguno, creo,mas guardábamos amboshondo silencio.¿Cuánto duró? Ni aun entoncespude saberlo.Sólo sé que no se oíamás que el aliento,que apresurado escapabadel labio seco.Sólo sé que nos volvimoslos dos a un tiempoy nuestros ojos se hallarony sonó un beso.Creación de Dante era el libro,era su Infierno.Cuando a él bajamos los ojosyo dije trémulo:¿Comprendes ya que un poemacabe en un verso?Y ella respondió encendida:¡Ya lo comprendo!
― Autor: Gustavo Adolfo Becquer

imagen de LiiiSobre la falda teníael libro abierto,en mi mejilla tocabansus rizos negros:no veíamos las letrasninguno, creo,mas guardábamos amboshondo silencio.¿Cuánto duró? Ni aun entoncespude saberlo.Sólo sé que no se oíamás que el aliento,que apresurado escapabadel labio seco.Sólo sé que nos volvimoslos dos a un tiempoy nuestros ojos se hallarony sonó un beso.Creación de Dante era el libro,era su Infierno.Cuando a él bajamos los ojosyo dije trémulo:¿Comprendes ya que un poemacabe en un verso?Y ella respondió encendida:¡Ya lo comprendo!

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Xc¿No has sentido en la noche,cuando reina la sombrauna voz apagada que cantay una inmensa tristeza que llora?¿No sentiste en tu oído de virgenlas silentes y trágicas notasque mis dedos de muerto arrancabana la lira rota?¿No sentiste una lágrima míadeslizarse en tu boca,ni sentiste mi mano de nieveestrechar a la tuya de rosa?¿No viste entre sueñospor el aire vagar una sombra,ni sintieron tus labios un besoque estalló misterioso en la alcoba?Pues yo juro por ti, vida mía,que te vi entre mis brazos, miedosa;que sentí tu aliento de jazmín y nardoy tu boca pegada a mi boca.

Xc¿No has sentido en la noche,cuando reina la sombrauna voz apagada que cantay una inmensa tristeza que llora?¿No sentiste en tu oído de virgenlas silentes y trágicas notasque mis dedos de muerto arrancabana la lira rota?¿No sentiste una lágrima míadeslizarse en tu boca,ni sentiste mi mano de nieveestrechar a la tuya de rosa?¿No viste entre sueñospor el aire vagar una sombra,ni sintieron tus labios un besoque estalló misterioso en la alcoba?Pues yo juro por ti, vida mía,que te vi entre mis brazos, miedosa;que sentí tu aliento de jazmín y nardoy tu boca pegada a mi boca.

Lix¡Cuántas veces al pie de las musgosasparedes que la guardanoí la esquila que al mediar la nochea los maitines llama!¡Cuántas veces trazó mi siluetala luna plateada,junto a la del ciprés, que de su huertose asoma por las tapias!Cuando en sombras la iglesia se envolvíade su ojiva calada,¡cuántas veces temblar sobre los vidriosvi el fulgor de la lámpara!Aunque el viento en los ángulos oscurosde la torre silbara,del coro entre las voces percibíasu voz vibrante y clara.En las noches de invierno, si un medrosopor la desierta plazase atrevía a cruzar, al divisarme,el paso aceleraba.Y no faltó una vieja que en el tornodijese a la mañanaque de algún sacristán muerto en pecadoacaso era yo el alma.A oscuras conocía los rinconesdel atrio y la portada;de mis pies las ortigas que allí crecenlas huellas tal vez guardan.Los búhos, que espantados me seguíancon sus ojos de llamas,llegaron a mirarme con el tiempocomo a un buen camarada.A mi lado sin miedo los reptilesse movían a rastras;¡hasta los mudos santos de granitocreo que me saludaban!

Lix¡Cuántas veces al pie de las musgosasparedes que la guardanoí la esquila que al mediar la nochea los maitines llama!¡Cuántas veces trazó mi siluetala luna plateada,junto a la del ciprés, que de su huertose asoma por las tapias!Cuando en sombras la iglesia se envolvíade su ojiva calada,¡cuántas veces temblar sobre los vidriosvi el fulgor de la lámpara!Aunque el viento en los ángulos oscurosde la torre silbara,del coro entre las voces percibíasu voz vibrante y clara.En las noches de invierno, si un medrosopor la desierta plazase atrevía a cruzar, al divisarme,el paso aceleraba.Y no faltó una vieja que en el tornodijese a la mañanaque de algún sacristán muerto en pecadoacaso era yo el alma.A oscuras conocía los rinconesdel atrio y la portada;de mis pies las ortigas que allí crecenlas huellas tal vez guardan.Los búhos, que espantados me seguíancon sus ojos de llamas,llegaron a mirarme con el tiempocomo a un buen camarada.A mi lado sin miedo los reptilesse movían a rastras;¡hasta los mudos santos de granitocreo que me saludaban!

No digáis que, agotado su tesoro, de asuntos falta, enmudeció la lira: podrá no haber poetas pero siempre habrá poesía.

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